«Trabajar como negro para vivir como blanco». Qué frase tan particular para adornar las reflexiones del Primero de Mayo. La repiten a diario como si fuera una metáfora inocente de superación personal, cuando en realidad es la confesión histórica más sincera y cínica del modelo económico global. Quienes la pronuncian buscando inspirar esfuerzo, solo terminan recitando en voz alta el manual de instrucciones del colonialismo. No es un simple refrán popular pintoresco, es el resumen exacto del éxito capitalista, la prueba de que la aspiración máxima de esta sociedad siempre ha sido exprimir hasta la última gota de sudor ajeno para financiar el privilegio propio. Y lo más trágico es que el sistema funcionó exactamente así.
El pueblo negro es el pilar sobre el cual se edificó el desarrollo de las sociedades modernas. La industria, la agricultura y las bases del progreso global no habrían sido posibles sin la expropiación sistemática de su fuerza de trabajo.
Históricamente, la transformación de seres humanos en propiedad no fue un error del sistema, sino su motor principal. En América, se diseñó una jerarquía racial hereditaria para garantizar que la mano de obra africana sostuviera las economías coloniales. Este proceso de mercantilización del cuerpo negro permitió la acumulación de capital que hoy define el bienestar de las potencias económicas, estableciendo un vínculo indisoluble entre la raza y la explotación laboral.
A la par, el sistema colonial y sus herederos republicanos instrumentalizaron el cuerpo del hombre negro, reduciéndolo a una simple herramienta de fuerza bruta y sacrificio bélico al servicio del poder. Se construyó una narrativa deshumanizante que los valoraba exclusivamente por su capacidad de resistencia para el trabajo físico extremo en las minas, las haciendas y las grandes infraestructuras. Esta mercantilización se extendió de manera letal al ámbito militar, donde fueron utilizados sistemáticamente como carne de cañón. Los hombres negros fueron forzados a librar las guerras independentistas y los conflictos armados de las élites, derramando su sangre bajo promesas de libertad y ciudadanía que terminaron en traición histórica. Esta explotación cimentó una política de descarte que sigue vulnerando sus vidas hasta el día de hoy.
Por su parte, en el contexto latinoamericano, la carga de esta explotación recayó con particular saña sobre las mujeres negras. Su trabajo ha sido el motor invisible de la región, desde el sostenimiento de las infraestructuras masivas hasta las indispensables labores de cuidado y educación. Históricamente, fueron ellas quienes criaron a generaciones enteras, sostuvieron el tejido afectivo y social, y asumieron un rol pedagógico vital para la transmisión de saberes y la supervivencia cultural. Todo este trabajo reproductivo, formativo y de sostenimiento de la vida fue aprovechado por el sistema de manera gratuita o bajo condiciones de extrema precarización. Ellas enfrentaron la doble barrera del racismo y el sexismo, siendo obligadas a ocupar los escaños más marginados del mercado laboral, incluso después de los procesos de abolición.
Al observar la realidad actual a través del reporte de pobreza multidimensional del DANE para 2025, el panorama es de una desigualdad persistente. Los datos reflejan que la exclusión no ha terminado, sino que se ha transformado en barreras estructurales de acceso a derechos fundamentales. La brecha entre el promedio nacional y las condiciones de vida de las comunidades afrocolombianas evidencia que quienes históricamente aportaron la mayor riqueza hoy enfrentan las mayores privaciones en salud, educación y vivienda. Esta situación es especialmente crítica en las zonas rurales, donde el abandono institucional es más evidente.
El empobrecimiento no es una condición natural de los pueblos étnicos, sino el resultado de un modelo que continúa extrayendo valor sin redistribuir beneficios. El trabajo forzado del pasado se refleja hoy en la precarización laboral y en una deuda histórica que sigue vigente.
Ante este escenario de despojo acumulado, surge una pregunta necesaria para el Estado y los sectores económicos que se beneficiaron de este sistema: ¿es posible hablar de progreso real mientras la riqueza del país siga cimentada sobre el empobrecimiento estructural de quienes la construyeron, o es hora de asumir la reparación material como el único camino hacia la justicia?
Referencias:
https://www.oerproject.com/OER-Materials/OER-Media/HTML-Articles/Origins/Unit6/Race-and-Coerced-Labor-Part-I-How-Did-People-Become-Property-in-the-Americas/Spanish
https://www.researchgate.net/publication/380799338_Centering_Black_Women’s_Labor_History_in_Latin_America
https://www.dane.gov.co/files/operaciones/PM/bol-PMultidimensional-2025.pdf




