Es evidente, el territorio está ocupado. Ocupado por guerrilla, milicias, ejército, policía, paramilitares, narcotraficantes y multinacionales. Todos se sienten dueños del territorio sólo porque son dueños de los instrumentos de la guerra. Todos pretenden controlar moviéndose como patrones del territorio desconociendo a los caseros legítimos.

Han regresado a buscar lo que quedó después del despojo de 517 años atrás. Movidos por intereses económicos, por la tierra, el agua, el oro, y todos los recursos naturales. Riquezas que el  gobierno de la “confianza inversionista” está entregando al mejor postor.

Aprovechando las necesidades que a través del empobrecimiento que ellos mismos crearon, engañan ahora a los pueblos con migajas: familias en acción, familias guardabosques, adulto mayor, plan de atención a la infancia, red de informantes, soldados campesinos. Proyectos y recursos, que convierten a los dueños de la casa en limosneros, y validan así su estrategia de terror y despojo.

No se puede cerrar los ojos ante esta realidad. No son ayudas, no son favores, es la obligación del estado velar por los derechos de los pueblos,  esos derechos que negocian y que reparten como limosnas. Juegan con el dolor y la necesidad de la gente, compran las conciencias y pisotean la dignidad. Y cuando lo hacen, gritan orgullosos al mundo su política de “cohesión social”

Confunden con discursos, rompen las organizaciones legítimas, reparten recursos a los siervos del modelo para dividir las comunidades. Engañan nuevamente con la espada y la cruz. Con sus ejércitos invaden, con las armas intimidad, con el terror y la muerte desplazan. El territorio está contaminado de bombas, fusiles y cañones que defienden la ambición y la codicia de quienes han mercantilizado la vida.

No importa la forma ni el pretexto, cualquiera es válido para legitimar sus mentiras. Todo indio es  guerrillero, si baja con frecuencia al pueblo es informante, si no firma el proyecto de explotación es ignorante y se opone al desarrollo. Son terroristas aquellos que hablan de dignidad. No importa quienes sean, campesinos del sur de Bolívar,  afrocolombianos del Chocó, indígenas  del Cauca o los Awa de Nariño, quien se resista paga con la vida el precio de la ambición. Lo cierto es  que el pueblo Colombiano, ese que la “seguridad democrática” dice defender es el que  pone cada día más y más muertos.

Pero esta estrategia no sucede sólo en Colombia, es el mundo entero el que está en manos de los señores de la codicia y el terror. Aquellos que se escudan en discursos desesperados, discursos verdes en Copenhague y compromisos vacíos con los que pretenden salvar el planeta,  discursos con los que quieren lavar sus culpas y proteger el mundo destruido por su codicia.

Los datos escondidos bajo ese palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza y es la humanidad entera quien paga las consecuencias del daño que se le hace a la tierra. El encadenamiento de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el trastorno del clima y la destrucción de los recursos naturales no renovables son las culpas que nos están dejando sin mundo.

Y mientras esto sucede, como una burla irónica contra los pueblos, le entregan el nobel de paz al presidente del país que más contamina en todo el planeta. Se lo entregan al comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, el cual acaba de anunciar el envío de  30.000 soldados más a Afganistán y la firma sin reparo del acuerdo para la instalación de siete bases militares en Colombia.

Y él, el presidente superestrella, después de haber prometido un verdadero cambio en las políticas de su país, afirma con cinismo al recibir su premio: “los instrumentos de la guerra desempeñan un papel para la paz”, justificando así el bombardeo indiscriminado y la presencia militar en pueblos inocentes cuyo único delito ha sido nacer en medio de las riquezas de su territorio.

Por eso, nosotros afirmamos lo contrario: “los instrumentos de la paz desempeñan un papel contra la guerra”. Y los instrumentos con los que contamos son nuestra conciencia y nuestra dignidad. Con ellos fortalecemos la defensa de nuestra casa que es la casa de todos los que defienden la vida, con ellos ponemos nuestra palabra en libertad para darle libertad a todos los pueblos, y con ellos permaneceremos en nuestro hogar hasta que los señores de la guerra salgan de una vez y por siempre de nuestro territorio.

La estrategia de muerte avanza