El encuentro Kumajana Prieta – Prieta: Jóvenes Cimarroneando por la Paz, impulsado por el Proceso de Comunidades Negras (PCN), reunió a diversas expresiones organizativas juveniles afrodescendientes e indígenas, entre ellas procesos como AfroUdeA y juventudes del Consejo Regional Indígena del Cauca. Este espacio permitió situar la paz no como un concepto abstracto o institucional, sino como una construcción viva, territorial y profundamente política desde las experiencias de las y los jóvenes.
La paz como dignidad y posibilidad de existencia
Las voces juveniles coinciden en cuestionar una noción limitada de paz entendida únicamente como ausencia de conflicto. Desde perspectivas organizativas como la ANDES y el PCN, la paz se redefine como una condición de vida digna.
Esto implica garantizar infraestructura educativa adecuada, acceso a derechos básicos y condiciones reales para la expresión juvenil. La paz, en este sentido, no es pasividad, sino la posibilidad de existir con autonomía, opinar sin miedo y habitar los territorios sin ser objeto de violencia por la diferencia.
Para el PCN, esta noción se amplía hacia dimensiones estructurales:
- Autonomía territorial y reconocimiento ancestral.
- Justicia racial, como respuesta a siglos de exclusión histórica.
- Educación antirracista y participación política efectiva, más allá de lo electoral.
Así, la paz se configura como un proceso en construcción permanente, tejido desde múltiples luchas y reivindicaciones.
Armonía, espiritualidad y comunidad: otras formas de nombrar la paz
Desde los procesos juveniles del CRIC, la paz se entiende como equilibrio integral: con el territorio, con la comunidad y con las espiritualidades que sostienen la vida colectiva.
No se trata solo de relaciones humanas, sino de una conexión con los espacios de vida y los saberes ancestrales. La paz se cultiva desde lo cotidiano: en la familia, en la palabra, en la escucha y en la capacidad de resolver conflictos desde prácticas propias.
Este enfoque introduce una dimensión clave: la paz no se impone, se siembra y se cosecha.
Prácticas concretas: justicia propia, organización y resistencia
Las experiencias compartidas evidencian que la paz ya se construye en los territorios mediante prácticas concretas:
- En el CRIC, a través de la jurisdicción indígena, los espacios de armonización y los procesos organizativos que fortalecen la identidad colectiva.
- En el PCN, mediante una paz insurgente, que desafía las condiciones estructurales que históricamente han condenado a las comunidades negras a la violencia.
Esta insurgencia no es armada, sino política y cultural: implica resistir los imaginarios impuestos, reorganizar la vida comunitaria y afirmar otras formas de existencia.
En este marco emergen conceptos como los kuagros, formas de organización basadas en vínculos comunitarios y experiencias compartidas, que sostienen el tejido social y permiten el relevo generacional de saberes.
El arte como lenguaje político y herramienta de paz
El arte, la música, la danza y la espiritualidad ocupan un lugar central en la construcción de paz.
Lejos de ser elementos decorativos, estas expresiones se posicionan como:
- Estrategias de resistencia y resignificación.
- Herramientas pedagógicas para la memoria histórica.
- Lenguajes políticos que interpelan la realidad social.
Desde el PCN, prácticas como el trenzado del cabello han sido procesos de reparación simbólica que recuperan saberes arrebatados por la violencia y la colonialidad.
En el CRIC, el arte se vincula con lo espiritual y lo ancestral, generando procesos de identidad que trascienden lo estético. Incluso, se destacan experiencias interculturales donde jóvenes indígenas y afrodescendientes articulan expresiones como el rap en lenguas propias con mensajes políticos.
El arte, entonces, no es accesorio: es una forma de hacer y pensar la paz.
La paz desde la diferencia: diálogo y construcción colectiva
Uno de los consensos más relevantes es que la paz no exige homogeneidad. Por el contrario, se construye desde el reconocimiento de las diferencias.
Las y los jóvenes plantean que:
- Existen desacuerdos en las formas de entender la paz.
- Sin embargo, hay objetivos comunes que permiten avanzar colectivamente.
La clave está en fortalecer esos puntos de encuentro y asumir que el diálogo es la herramienta fundamental. En palabras del espacio: no hay nada irreconciliable cuando se trata de hablar de paz.
Estado, autonomía y tensiones estructurales
La relación con el Estado aparece como una de las tensiones centrales.
Por un lado, se reconoce su responsabilidad en garantizar condiciones para la paz. Por otro, se cuestiona su papel histórico como agente de violencia y exclusión.
Las posturas convergen en varios puntos:
- Es necesario el reconocimiento del abandono estatal como una realidad estructural.
- La paz no puede construirse sin garantías institucionales.
- Sin embargo, estas garantías deben respetar la autonomía y los procesos propios de las comunidades.
En este sentido, la exigencia no es de imposición, sino de reconocimiento y articulación desde las cosmovisiones territoriales.
Conclusión: la paz como práctica viva
Las reflexiones del encuentro permiten afirmar que la paz, desde las juventudes afrodescendientes e indígenas, no es un acuerdo firmado ni un discurso institucional.
Es una práctica cotidiana que:
- Se teje en comunidad.
- Se baila, se canta y se reza.
- Se defiende políticamente.
- Se construye desde la memoria, la dignidad y la resistencia.
En estos procesos, las y los jóvenes no solo participan: están redefiniendo el sentido mismo de la paz en Colombia, desplazándola del centro institucional hacia los territorios donde realmente se vive, se disputa y se transforma.




