11 de agosto del 2026
El lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, un terremoto de magnitud 7.4 y 96 kilómetros de profundidad sacudió gran parte del país. El Servicio Geológico Colombiano ubicó el epicentro a 20 kilómetros del municipio de San José del Palmar, Chocó. Es el sismo más fuerte registrado en Colombia en la última década y se sintió incluso en países vecinos.
En el Chocó, los reportes preliminares de la Gobernación departamental hablan de personas fallecidas y más de un centenar de heridas, cifras que siguen cambiando hora a hora. En el municipio epicentro se reportan cerca de 400 viviendas afectadas y alrededor de 20 estructuras colapsadas. La única vía de acceso al municipio quedó bloqueada por deslizamientos, no hay fluido eléctrico, el acueducto no funciona, varios colegios rurales sufrieron daños y comunidades enteras permanecen incomunicadas, entre ellas el corregimiento de La Italia, donde viven cerca de 2.500 a 3.000 personas de las que, al momento de emitir este comunicado, no se tiene información. La Cruz Roja identificó también a Río Iró y Nóvita como zonas que requieren atención. En Quibdó hay heridos y daños estructurales.
Desde el Proceso de Comunidades Negras expresamos nuestra solidaridad y nuestro abrazo colectivo con las familias que hoy lloran a sus muertos y muertas en el Chocó, en el Valle del Cauca, en Risaralda, en Caldas y en todos los territorios golpeados. Nuestro dolor es uno solo con el de todos los pueblos afectados.
Lo que el temblor dejó al descubierto.
Un sismo no discrimina. La respuesta del Estado sí.
El epicentro de esta tragedia está en el Chocó, el departamento con mayor proporción de población negra, afrodescendiente, palenquera y raizal del país, y simultáneamente uno de los territorios con los peores indicadores de pobreza multidimensional, cobertura de acueducto, red hospitalaria y conectividad vial de Colombia. Esa coincidencia no es casual: es el resultado acumulado de siglos de racismo estructural y de un modelo de desarrollo que extrae del Pacífico y no le devuelve nada.
Mientras las cámaras nacionales enfocan las ciudades del Eje Cafetero y del Valle, en el epicentro mismo del terremoto:
- No hay vías. La ayuda no entra porque nunca hubo una carretera digna que mantener. El aislamiento no lo produjo el sismo: el sismo solo lo hizo visible.
- No hay comunicaciones. Comunidades de miles de habitantes están hoy sin señal, sin poder decirle al país si están vivas. La brecha digital que denunciamos hace años, hoy se mide en vidas.
- No hay red hospitalaria con capacidad de respuesta. El Chocó atiende una emergencia de esta magnitud con una infraestructura de salud que ya era insuficiente en un día normal.
- No hay capacidad fiscal local. Los propios alcaldes lo han dicho: los municipios no tienen con qué atender un desastre de esta dimensión.
- No hay institucionalidad étnica en el centro de la respuesta. Los protocolos de emergencia se diseñan desde una lógica urbana y mestiza que desconoce la organización comunitaria, los consejos comunitarios y las autoridades propias del territorio.
Esto es lo que llamamos racismo estructural: no siempre es el insulto en la calle; muchas veces es la carretera que nunca se hizo, la antena que nunca se instaló, el hospital que nunca se dotó, el helicóptero que llega tarde. Es una forma de violencia que se ejerce por omisión y que solo se vuelve noticia cuando la tierra tiembla.
Afectaciones específicas para el pueblo negro
Advertimos al país y a la comunidad internacional que, sin un enfoque étnico-territorial explícito, esta emergencia profundizará daños que ya venían acumulándose sobre las comunidades negras:
- Riesgo de invisibilización en los censos de damnificados. Si el registro de afectados no incorpora variable étnica ni llega a la zona rural dispersa, las familias negras quedarán fuera de la ayuda, de los subsidios y de la reconstrucción.
- Pérdida de vivienda y de bienes de uso colectivo. En nuestros territorios la vivienda es también azotea, cultivo, casa comunal, escuela y espacio de mayores. La valoración de daños no puede reducirse a metros cuadrados.
- Afectación a la seguridad y soberanía alimentaria. Deslizamientos, daños en caminos veredales y pérdida de cultivos y trapiches golpean directamente la economía propia de las comunidades.
- Agravamiento del conflicto armado y del confinamiento. El Pacífico vive una crisis humanitaria previa: desplazamiento, confinamiento y control armado sobre la movilidad. Un desastre natural sobre un territorio militarizado y disputado multiplica el riesgo de que la ayuda sea capturada, condicionada o bloqueada.
- Riesgo de despojo bajo el discurso de la reconstrucción. La historia nos ha enseñado que las emergencias abren la puerta a proyectos, concesiones y reubicaciones que terminan afectando la titulación colectiva. Alertamos desde ya: la reconstrucción no puede convertirse en una nueva forma de despojo territorial.
- Impacto psicosocial y espiritual. Las autoridades locales ya reportan fuertes afectaciones emocionales. La atención en salud mental debe ser culturalmente pertinente y articulada con las prácticas de cuidado, la partería, la medicina tradicional y la espiritualidad propia.
- Niñez y educación interrumpidas. Los daños en escuelas rurales significan, en la práctica, meses o años sin clases para niñas y niños negros que ya cargaban las peores tasas de cobertura educativa del país.
Exigimos
Al Gobierno Nacional, a la UNGRD, a las gobernaciones y alcaldías, y a los organismos de cooperación y ayuda humanitaria:
- Priorizar de inmediato el acceso aéreo y fluvial a San José del Palmar, La Italia, Río Iró, Nóvita y a todas las comunidades incomunicadas. Que la ayuda llegue al epicentro, no solo a donde hay cámaras.
- Restablecer con urgencia comunicaciones, energía y agua potable, y garantizar el funcionamiento de la red hospitalaria del Chocó con refuerzo de personal y suministros.
- Aplicar enfoque étnico-territorial diferencial en todas las fases: búsqueda y rescate, censo de damnificados, ayuda humanitaria, albergues, reconstrucción y reparación. Con variable étnica en los registros y con reporte público desagregado.
- Reconocer y articular a los consejos comunitarios, las autoridades propias y las organizaciones étnicas en los Puestos de Mando Unificado y en los comités de gestión del riesgo. Ninguna decisión sobre nuestros territorios sin nuestra participación efectiva.
- Garantizar transparencia total en la ejecución de los recursos de la emergencia, con veeduría comunitaria y étnica. La memoria reciente del país sobre el manejo de fondos de desastre nos obliga a exigirlo.
- Garantizar el acceso humanitario seguro y el respeto al DIH por parte de todos los actores armados presentes en el territorio. La emergencia no puede ser usada para el control social ni para la disputa territorial.
- Blindar los títulos colectivos y los derechos territoriales durante y después de la reconstrucción, con aplicación plena de la consulta previa, libre e informada.
- Convertir esta emergencia en una decisión estructural: un plan de inversión real, sostenido y verificable en infraestructura vial, conectividad, salud y educación para el Pacífico. Que este terremoto no vuelva a ser una fotografía de una semana.
5. A las comunidades y al movimiento social
Convocamos a los consejos comunitarios, organizaciones de mujeres negras, juventudes, palenques y a toda la red del Proceso de Comunidades Negras a:
- Activar los mecanismos de comunicación propia y documentar y reportar afectaciones territorio por territorio, para construir un balance comunitario que no dependa exclusivamente de las cifras oficiales.
- Organizar la solidaridad desde lo propio: acopio, cuidado colectivo, apoyo a mayores, niñez y personas con discapacidad.
- Mantener la vigilancia sobre la llegada, distribución y calidad de la ayuda humanitaria.
Y llamamos a la sociedad colombiana y a la comunidad internacional a mirar hacia el Chocó más allá de la coyuntura. La solidaridad de hoy la agradecemos; la deuda histórica la seguiremos cobrando.
Desde nuestros principios de reafirmación del ser, derecho al territorio, autonomía y construcción de una opción propia de futuro, reiteramos: el pueblo negro no pide favores. Exige derechos.
La tierra tembló. Nuestra dignidad, no.
¡La paz se construye con diálogo, dignidad y solidaridad entre los pueblos!




