Cada 22 de julio se conmemora el Día Internacional del Trabajo Doméstico, fecha instituida en 1981 durante el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe. Su propósito es reconocer el valor social y económico de las labores de cuidado y del hogar, históricamente invisibilizadas, precarizadas y no remuneradas.
Cifras globales y la realidad de las mujeres negras
A nivel mundial, cerca del 80% de las personas empleadas en el trabajo doméstico remunerado son mujeres. Sin embargo, más del 70% de quienes ejercen este oficio operan en la informalidad, lo que frena de forma directa su acceso a la seguridad social, pensiones y condiciones laborales dignas. En América Latina, el trabajo doméstico no remunerado representa entre el 10% y el 25% del PIB, demostrando que la labor de cuidado sostiene el funcionamiento de la economía global. Aunque el Convenio 189 de la OIT (2011) define los estándares para asegurar un trabajo decente, su aplicación efectiva sigue siendo una deuda pendiente en la región.
Esta realidad impacta de manera desproporcionada a las mujeres negras y afrodescendientes. Las estructuras coloniales y el racismo estructural han configurado un panorama donde el trabajo del hogar remunerado recae masivamente sobre sus cuerpos, perpetuando dinámicas de servidumbre, desproporción salarial y vulneración de derechos. Para las mujeres negras, el cuidado no solo ha sido una vía de subsistencia en contextos de exclusión, sino también un pilar de resistencia comunitaria: sostienen la vida de sus propios hogares y territorios mientras sostienen económicamente a familias ajenas.
Reconocer el trabajo doméstico desde un enfoque étnico y de género es indispensable para desmontar la discriminación racial en el empleo, exigir salarios justos y avanzar hacia una verdadera justicia social para las mujeres negras que históricamente han construido y sostenido el país.




