La decisión de la FIFA de censurar la camiseta de la selección de Haití para el Mundial 2026 es mucho más que una sanción disciplinaria. Puede concebirse como un acto de racismo estructural y un intento de borrado histórico. Diversos sectores han interpretado la decisión como una expresión de las lógicas raciales y coloniales que históricamente han atravesado el fútbol internacional. Por consiguiente, al prohibir los símbolos que rinden homenaje a la primera revolución antiesclavista victoriosa del mundo, la institucionalidad del fútbol demuestra la incomodidad que aun les generan la memoria de las luchas negras en escenarios globales.
Resulta una hipocresía monumental que se esgrima el falso escudo de la neutralidad política para vetar la dignidad de la primera república negra libre, mientras el torneo más importante del mundo se celebra con total normalidad en Estados Unidos. El sistema global silencia la historia de liberación de un pueblo caribeño, pero le lava la cara a una potencia anfitriona que financia, sostiene y participa activamente en guerras a nivel internacional.
Esta misma lógica excluyente quedó en evidencia con el reciente caso del árbitro somalí, Omar Abdulkadir Artan, vetado por Estados Unidos para ejercer su labor, un hecho que vuelve a poner sobre la mesa cómo las fronteras del fútbol global terminan condicionadas por decisiones migratorias y geopolíticas que impactan, de manera desproporcionada, a pueblos históricamente racializados.
Aunque este caso no haya ocupado titulares en grandes medios internacionales o nacionales, precisamente allí radica la importancia del ejercicio de los medios independientes y comunitarios. Narrar estas realidades también hace parte de la solidaridad entre pueblos afrodescendientes y de la responsabilidad política de visibilizar luchas que suelen permanecer al margen de las agendas informativas dominantes, incluso cuando atraviesan escenarios tan globales como el deporte. La indignación crece cuando contrastamos esta rigurosidad internacional con la realidad de nuestro país. Mientras en el escenario global se castiga a una nación por reivindicar su libertad y su resistencia, en el plano nacional colombiano observamos una contradicción absurda. A nivel local, la camiseta de la selección y la pasión popular por el fútbol son instrumentalizadas de frente y sin pudor por sectores de poder. Se utiliza la emoción del deporte como una herramienta de manipulación política, violando frecuentemente las mismas reglas de juego y la supuesta neutralidad que tanto defienden cuando les conviene.

El deporte no es un territorio neutral. La supuesta despolitización del fútbol es una farsa que solo se aplica para silenciar a los pueblos históricamente oprimidos, pero se ignora por completo cuando sirve a los intereses del establecimiento.
La historia de Haití, la resistencia de nuestros jugadores negros y la dignidad de quienes enfrentan los bloqueos imperiales no caben en los estrechos y racistas márgenes de la FIFA. La memoria libertaria de nuestros pueblos no pide permiso para estamparse en una camiseta, porque es una fuerza viva y rebelde que trasciende cualquier cancha.




