El Museo Nacional de Colombia enfrenta una de las peores crisis de censura y retroceso cultural de su historia reciente. La orden gubernamental de retirar más de 30 piezas de sus salas de exposición permanente desató una ola de indignación y rechazo por parte de organizaciones sociales, colectivos de derechos humanos y la comunidad académica. La medida, calificada por diversos sectores como una mutilación deliberada del patrimonio público, afecta directamente a las representaciones del pueblo negro, de las poblaciones LGBTQ+ y de las víctimas del conflicto armado.

Uno de los aspectos más críticos de este desmontaje se evidencia en la Sala 17, el espacio más reciente de la institución dedicado a las espiritualidades y saberes del país. Allí fueron retiradas de forma arbitraria las piezas y referentes vinculados a las prácticas ancestrales, espirituales y esotéricas de las comunidades afrocolombianas. La eliminación de estos contenidos deja vacíos evidentes en el recorrido expositivo, lo que configura un acto de violencia simbólica y borramiento de la memoria colectiva en la principal entidad museística del Estado.
A la supresión de estas obras se suma un dispositivo de vigilancia e intimidación dentro del recinto. Visitantes y activistas reportan la prohibición explícita de tomar fotografías en las salas afectadas y el seguimiento por parte del personal de seguridad a quienes intentan registrar las alteraciones en el montaje. Esta política de silencio busca evitar que la ciudadanía documente el desmantelamiento de los espacios dedicados a la diversidad y a las luchas populares.




