Hoy, 12 de octubre, sectores de la academia tradicionalista y voces conservadoras insisten en desempolvar la retórica oficial del llamado “Día de la Raza”. Volver a nombrar la fecha así no es un descuido. Es un acto deliberado de negacionismo colonial, un intento de reescribir la historia para blanquear el saqueo y sostener la falacia de que la colonización trajo desarrollo, civilización y progreso al sur global.
Esta conmemoración nació precisamente de ese eufemismo. Se creó para maquillar la conquista y legitimar el despojo, con una narrativa funcional al poder que convirtió el genocidio de los pueblos indígenas y la esclavización de los pueblos africanos en un supuesto hito civilizatorio. Por eso es necesario problematizar de raíz el concepto mismo de raza. No es un dato de la naturaleza, sino una herramienta de jerarquización inventada para decidir quiénes merecían derechos y quiénes podían ser convertidos en mercancía.
Ese mito fundacional sigue vivo. Persiste en los discursos que celebran la diversidad y el “encuentro de culturas” mientras los Estados endurecen fronteras, persiguen la migración y oprimen a los pueblos que buscan habitar sus territorios con dignidad. Persiste también en las corrientes fascistas que reciclan la vieja idea de una raza pura y superior para negar la humanidad de la otredad. Olvidan una verdad incómoda: la acumulación económica y los privilegios globales que defienden existen gracias a la explotación, el saqueo y la deshumanización de los mismos cuerpos que hoy discriminan y marginan. Muchos quieren los aportes culturales y la riqueza que ha producido el pueblo negro, pero no cargar con lo que implica habitar esos cuerpos ni con las heridas que el colonialismo y el racismo dejaron en ellos.
Por eso, conmemorar esta fecha no puede reducirse a aceptar la historia oficial. Debe ser un llamado urgente a desmontar toda jerarquía racial y a reivindicar las expresiones culturales no hegemónicas de los pueblos negros, indígenas y populares. También debe exigir un respeto profundo por el derecho a ser, a existir y a decidir en libertad sobre nuestros territorios y nuestras vidas.
La batalla cultural y los discursos oficiales de la historia también se disputan en el terreno de las instituciones. A propósito de esto, te comparto la transmisión de Anarquía donde discuten sobre cómo las narrativas estatales y conservadoras intentan colonizar la memoria y la cultura:




