El suroccidente de Colombia atraviesa una arremetida armada que expone la crueldad extrema de quienes buscan perpetuar la guerra. El reciente atentado en la Vía Panamericana a la altura del sector El Túnel en el municipio de Cajibío es la muestra más dolorosa de esta estrategia. Un cilindro bomba lanzado contra un autobús civil cobró la vida de 19 personas y dejó más de 48 heridos en el departamento del Cauca. Esta masacre se suma a las 26 acciones terroristas registradas en apenas 48 horas impactando a Cali, Palmira, Jamundí y a municipios caucanos como Caloto, El Tambo y Miranda.
Estos hechos atroces perpetrados por estructuras como la columna Jaime Martínez no son episodios fortuitos ni simples demostraciones de fuerza militar. Responden a un libreto calculador y preelectoral. Quienes se benefician de la violencia entienden que masacrar a la población civil en una vial principal es el mecanismo más rápido y brutal para generar pánico a nivel nacional. El objetivo es instaurar un ambiente de zozobra total que consolide la narrativa de un país inviable y al borde del colapso.

El trasfondo político de esta barbarie es evidente. Se busca someter a las comunidades al terror absoluto para vender una falsa solución de seguridad basada en el autoritarismo y la mano dura. Es un intento despiadado por manipular a la gente del común empujándola a través del miedo para que retire su respaldo a la agenda del proyecto del cambio. Las estructuras criminales y sus beneficiarios políticos están utilizando la sangre de 19 civiles inocentes como moneda de cambio para boicotear la transformación social del país y proteger el status quo de las élites.
Denunciamos y rechazamos categóricamente esta instrumentalización del terror. Exigimos al Estado acciones de inteligencia y protección verdaderamente efectivas que desarticulen a estas maquinarias criminales sin ceder al juego de quienes exigen volver a los ciclos de guerra perpetua.
Nos unimos a los tres días de duelo decretados y expresamos nuestra absoluta solidaridad con las familias de las víctimas en Cajibío y en todo el suroccidente colombiano. Hoy el mayor acto de resistencia es mantener la lucidez política. No podemos permitir que la trampa del miedo triunfe ni que el terror nos arrebate la posibilidad de consolidar un país con justicia social.




