El eco de las explosiones en el Hospital Docente de El-Daein, en Darfur Oriental, no es solo el sonido de la guerra fratricida entre el Ejército (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Es el rugido de un genocidio alimentado por manos extranjeras que han convertido a Sudán en un tablero de ajedrez para sus intereses geoestratégicos y el saqueo de recursos.
La masacre de 70 personas, incluyendo a 13 niños y personal médico valiente, es un crimen de lesa humanidad que el mundo observa con una complicidad criminal. Mientras la OMS pide «paz como medicina», desde una perspectiva anticolonial denunciamos que la paz es imposible bajo las estructuras actuales de dependencia.
¿Por qué Sudán no deja de sangrar? Este conflicto no es un «caos africano» espontáneo. Es la herencia de décadas de estructuras coloniales que fracturaron la identidad nacional y de una comunidad internacional que hoy financia y arma a ambos bandos según le convenga el acceso al oro y los minerales estratégicos. El bombardeo sistemático a hospitales y mercados no es una táctica militar aislada, es un plan diseñado para doblar la voluntad de un pueblo que busca soberanía.
Rechazamos enérgicamente el uso de drones contra la población civil y denunciamos el silencio de las potencias occidentales que, mientras hablan de derechos humanos, mantienen activos los flujos financieros que sostienen la maquinaria de muerte en Jartum y Darfur.
¡Basta de usar a África como campo de batalla! Exigimos el cese inmediato del suministro de armas externo y el reconocimiento de que lo que ocurre en Sudán es un genocidio que se ejecuta con la firma del neocolonialismo.




