Reconstruyendo los estudios afrodescendientes

Hay que fortalecer el discurso político-ideológico de las y los afrodescendientes para no perderse en el discurso del «otro» y del «poder mal entendido» e «instituido» en los distintos espacios públicos y privados


La agenda afrodescendiente debe tener autonomía y ser complementaria a los procesos de cambios que vive la sociedad venezolana. Para ello es importante saber cómo se ha ido construyendo el discurso político-ideológico de las y los afrodescendientes que hoy está difundido en la coyuntura política nacional e internacional. Veamos tres enfoques al respecto.
 
El primer enfoque: academicismo con gringolas

Los estudios afroamericanos, como se les llamó en un principio y hoy afrodescendientes, no tienen más de 80 años en el contexto académico, cuando en la década de los años veinte (1920) estudiosos desde la disciplina antropológica Herskovits (Estados Unidos), Ortiz (Cuba), Nina Rodríguez (Brasil), Bastide (Francia), posteriormente Aguirre Beltrán (México), Acosta Saignes (Venezuela), o en la etnohistoria Brito Figueroa, José Luciano Franco, Moreno Fraginals comienzan a acercarse a la africanía e intentar definirla.
Los pioneros de los estudios de la diáspora africana en la llamada América Latina y el Caribe, como el caso del abogado Fernando Ortiz de Cuba, percibían a los afrodescendientes como una «cosa» un «objeto».

Tanto Nina Rodríguez como Ortiz emprenderían trabajos en los llamados campos folclóricos y religiosos de las culturas afrodescendientes. Este camino abierto por Ortiz comienza a interesar a otros estudiosos académicos sobre esta temática y para el 10 de octubre de 1943 se crea en México la Fundación Instituto Internacional de Estudios Afroamericanos, con la finalidad de realizar estudios de las poblaciones negras de América en sus aspectos biológicos y culturales y sus influencias en los pueblos americanos.

Por otro lado, el surgimiento de la etnohistoria, como disciplina académica, intenta reconstruir la historia de los afrodescendientes (para el caso venezolano) teniendo su cuna en México con el antropólogo y etnólogo Miguel Acosta Saignes y el historiador Brito Figueroa.

El resultado de estos primeros acercamientos académicos es el siguiente: Objetualización de los y las afrodescendientes, que aparentemente no tenían un conocimiento propio de su cultura.

Que sus aportes a las ideas de independencia de los países de América Latina no existieron y que los cimarronajes históricos, la reconstrucción de espacios liberados conocidos como Cumbe, Palenques o Quilombos, eran para “reproducir imperios africanos”, lo cual no fue así, fueron espacios libertarios para recuperar su humanidad negada en el sistema colonial.

 
El segundo enfoque: La intelectualidad casi castrante

Se circunscribe al intelectual, muchas veces sin la preparación académica, pero con unos referentes marcados por los discursos de la dignidad ante los discursos del desprecio de la cultura dominante. Ante la subestimación y el racismo reproducido por los occidentales surgen respuestas como las de los intelectuales ahitianos y del Caribe francoparlantes. Fue el caso de la negritud, propuesta por Aime Cesaire, Gontran Damas y el senegales Leopoldo Senghor, quienes ante el desprecio cultural occidental hacia África y su diáspora en las Américas y el Caribe ellos lanzan el discurso de la negritud, en 1932 en París, sirviendo para esa época de referente cultural digno, pero que después palideció en el poder y se desvaneció como propuesta en las luchas anticoloniales. Hoy resulta absurdo seguir hablando de “negritud”, pues ya es un concepto ahistórico y que le sirvió a Senghor asimilarse a la cultura francesa.
 
El tercer aspecto: el sujeto histórico

Ambos saberes, tanto el intelectual como el académico, fueron mediados a través de la UNESCO (Organizacion de las Naciones Unidas para la Educacion, la Ciencia y la Cultura) en sucesivos encuentros y congresos desde 1966 hasta nuestros días, tanto en Africa como en las Americas. En estos encuentros pocas veces fueron invitados los afrodescendientes como sujetos históricos a decir “su propia palabra”, sus propias reflexiones. En 1994 la UNESCO lanza el proyecto La Ruta del Esclavo, aún en vigencia, para dar respuestas a las relaciones históricas entre las culturas afrosubsaharianas y su diáspora en las Américas; trató de crear puentes, pero los resultados de estos esfuerzos no han trascendido a las comunidades afrodescendientes, de ahí nuestras críticas abiertas a este tipo de iniciativas, que a nombre de “África y la diáspora” hemos venido esbozando en los últimos años.
Considero que es en este marco, poco conocido, en cuanto a la producción de visiones, conceptualizaciones, categorías, que podemos contribuir a una discusión abierta con los otros dos factores anteriores, tanto el intelectual, como el académico que contribuya la construcción y desarrolllo del discurso afrodescendiente.

De ahí la importancia para lo que debe ser una nueva militancia en el campo afrodescendientes revisar algunas experiencias de intelectuales orgánicos como el pedagogo brasilero Pablo (Paulo) Freire y el colombiano progresistas Fals Borda.

El impacto de África en la praxis del pedagogo brasileño va más allá de lo estrictamente político. Como el propio Freire afirma, su primer contacto con África fue “un encuentro amoroso, con un continente rico en experiencias, con una extraordinaria historia, ignorada concientemente por Occidente, con pueblos que llevaban a cabo una lucha contra la opresión, a veces en forma silenciosa y desapercibida ante los ojos extraños, pero no por ello menos difícil y valiente. Freire representó para muchos africanos y afrodescendientes lo que Michael Foucault concibió como el rol del intelectual: el papel de intelectual ya no consiste en colocarse un poco adelante o al lado para decir la verdad muda de todos, como dice Michael Foucault, más bien consiste en luchar contra las formas de poder allí donde es a la vez su objeto e instrumento: en el orden del saber, de la verdad, de la conciencia, del discurso. Por ello la teoría no expresará, no traducirá, no aplicará una práctica… es -en efecto- una práctica.

La experiencia del académico colombiano Orlando Fals Borda, recientemente fallecido, con sus planteamientos de Investigación-acción-participación, contribuye como referente conceptual al enriquecimiento de las prácticas de las y los afrodescendientes. Así en el Encuentro Mundial de Investigación Participativa reclama que: «el investigador o investigadora base sus observaciones en la convivencia con las comunidades, de las que también obtiene conocimientos válidos. Es “inter” o multidisciplinaria y aplicable en continuos que van de lo micro a lo macro de universos estudiados (de grupos de comunidades y sociedades grandes), pero siempre sin perder el compromiso existencial con la filosofía vital del cambio que la caracteriza.

Jesus Chucho Garcia.   jesuschuchogarcia@hotmail.com

 

Síguenos y dale estoy de acuerdo:
error

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.