PALENQUE Y LA ETERNA RESISTENCIA

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Todos son Hernández, Cassiani, Pérez, Cabarcas, Salas o Cañate. Vinieron de Angola, Costa de Marfil, Senegal, Guinea, Nigeria. No son americanos, no. Son africanos y lo repiten todos, en cualquier calle, en cualquier contexto, a cualquier edad y en cualquier oficio. Te lo dicen en lengua, esa que según ellos tiene un poco de bantú, pero que también es una mezcla de francés, inglés, portugués, con base en la lengua castellana y todos los idiomas que vinieron con ellos desde aquel continente que ninguno ha pisado, pero del que se sienten dueños. El Palenque de San Basilio tiene 3.500 habitantes, hace parte del municipio de Mahates, Bolívar, y queda ubicado en las faldas de los Montes de María, a 50 kilómetros de Cartagena adentrado en la selva. “El primer pueblo libre de América”, dicen una y otra vez en estos días.

“Cuando salieron los primeros negros de Cartagena, no existía ningún medio de transporte. No tenían ni caballo, ni burro, ni na’. Todo fue a pie. Encontraron un lugar donde se pudieran defender y ahí se quedaron. Primero llegaron 38, entre hombres y mujeres, y luego iban uno por uno a buscar más en Cartagena”, así narra un guía turístico bastante joven el principio de todo sentado con nosotras en una de las bancas de concreto a un lado de la plaza Benkos Biohó, la principal del pueblo.

Es el fin de semana del 12 de octubre y en Palenque celebran el Festival de Tambores y Expresiones Culturales en su versión número 29. Lo que está pasando es una fiesta, una bacanal del lenguaje. Se festejan las formas de comunicación que en el siglo XVIII se inventaron los negros para ser libres de la esclavitud. Una es el idioma, la lengua que hoy usan para conversar como si fueran un país independiente. La otra son los tambores, que golpean códigos que se perciben y traducen en danzas impronunciables para la manada de extranjeros que en estos días hacen sus intentos histriónicos en la plaza. La tercera forma de comunicación son los peinados, que se usaron como herramienta estratégica en época de rebelión y que durante el festival tienen su espacio en un concurso que las mujeres exponen con orgullo.

“Los esclavizados siempre tuvieron pensado retornar a África, las mujeres marcaban la vida y el proceso, por eso se ingeniaron un medio de comunicación. Si una familia estaba en esta parcela y la otra en otra parcela, la mujer se ingeniaba cómo hacer un peinado que marcara cuándo se iban a fugar y un punto de salida. Dentro del cabello se hacía “un pun” (un punto) y se marcaban los caminos hacia el centro.” Eso cuenta Marlene Tello, historiadora de Tumaco que está en Palenque para ser jurado del concurso. Ella es una mujer de 42 años, alta, gruesa, morena y que además de tener un turbante en la cabeza, conoce muy bien el uso de estos en la historia. Dice: “…antes de huir, los turbantes se usaban para guardar semillas, raíces y algunas provisiones que se sacaban de los graneros de los esclavistas y una vez llegaban a Palenque, se los soltaban para empezar a trabajarle a la tierra”. Así narra las historias de libertad que han vuelto popular a Palenque, luego está la historia de ahora, la de la pobreza evidente, pero de esa pocos hablan.

 

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En 2012, Juan Carlos Gossaín, gobernador de Bolívar, comenzó un proyecto piloto llamado “Palenque 2015”, en el que destinó 10 mil millones de pesos del presupuesto departamental, para un plan de desarrollo integral en el corregimiento. “En lugar de pavimentar 200 metros de calles o poner un pedazo de tubería en cada lugar, se trata mejor de resolver el problema de una vez por todas en un pueblo de estos y luego replicarlo en los demás corregimientos más pobres de Bolívar y del país”, dijo Gossaín en ese momento para una entrevista a la Revista Semana. El proyecto se ha venido trabajando en colaboración con la Fundación Carvajal, la Fundación Semana y  la Fundación Saldarriaga-Concha.

Cuando “Palenque 2015” comenzó, los trabajadores sociales y antropólogos que conforman el equipo que trabaja en el proyecto realizaron una medición general de las necesidades del pueblo y se encontraron con que los niveles de pobreza en palenque eran mayores al 62%. La mitad de ellos por debajo de la línea de miseria, según los indicadores que se establecieron previo a la investigación.  No había acueducto, ni acceso a agua potable, había un 53% de analfabetismo y el 85% de las familias vivían con salarios inferiores al mínimo vigente. Hoy, dos años después, se han implementado los sistemas de acueducto, gas natural y se está terminando el proyecto de alcantarillado.

“Le quieren andá tomando foto a to’” dice un niño de 7 años a los turistas que se pasean por las calles tomando fotos con sus celulares a él y sus amigos. Hacen lo mismo con las cabras sueltas, los cerdos bebés, las casas humildemente construidas. Algunos nativos han hecho de la ocasión un motivo para conseguirse la “liga” del día dejándose tomar fotos a cambio de plata. Un hombre de alrededor de 80 años insiste en perseguirnos por el pueblo haciendo poses de boxeador, imitando al “Kid” Pambelé, para que le demos “lo del arroz”. Sólo 1% de la población en la tercera edad ha logrado conseguir su pensión.

 

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Es domingo y son las 10:30 de la mañana, hora en la que las concursantes han empezado a peinar. Estaba planeado que comenzaran a las 9, pero la lluvia atrasó toda la programación. El sol no termina de picar, lo cual hace más ameno el montaje de sonido para las presentaciones de las bandas que tocan en la tarde. Desde aquí escuchamos cómo en la plaza, que está a dos cuadras, prueban los equipos: “Sí, sí, sonido. Probando. 1, 2, 3”. Bailes, orquestas, embajadores de la música afro en géneros como el bullerengue, la champeta, la cumbia y el hip hop, y los presentadores que se amañan con el micrófono por largos minutos agradeciendo a Dios y a una lista larga de patrocinadores y políticos que “han hecho esto posible”.

“Se aprende primero sobre tus limites y luego los límites de los demás. Primero la geografía de Palenque y luego la del resto del mundo”, me explica Yadelsy Cañate con esa voz pausada y tranquila de mujer serena que tiene. Ella es una peinadora de 24 años que atiende el único salón de peinados tradicionales del pueblo “La reina del Kongo”. Lo hace mientras me hace unas trenzas en el costado derecho de la cabeza debajo de una pequeña carpa blanca que nos protege, junto con el resto de las participantes del concurso, de la llovizna de la mañana. Por mi peinado pagaré $7.000.

Las chicas peinan y se esmeran en ser propositivas, inventarse nuevas formas y sacar los mejores peinados. Yadelsy no participa en el concurso, pero sí peina a las foráneas que curiosas nos acercamos a ver qué es lo que está pasando. Ella es delgada, fuerte, su piel es color canela quemada y en la cabeza lleva un moño que agarra sus trenzas libres y moradas. Las trenzas libres son las sueltas que van separadas unas de las otras y son la representación de la libertad. Quieren decir que cada persona toma resistencia sobre sí misma como ser humano y su peinado ya no tienen mensajes de resistencia. Estas trenzas también son la representación del 21 de mayo de 1851, día en el que José Hilario López, presidente de Colombia en ese entonces, decretó la libertad definitiva de los esclavos en Colombia.

Mientras me peina, Yadelsy cuenta que aprendió a peinar cuando tenía 10 años, que lo hizo sentada en la puerta de su casa, viendo a sus tías y primas mayores hacerlo. “Es el arte de mirar y practicar”, dice. “Después viene la teoría. Cuando aprendes a peinar es que investigas el por qué de los peinados”.

El peinado base es el Balay o El borde, que es el que se usaba para trenzar los bordes de los canastos balay con los que limpiaban el arroz, el maíz y otros granos. De este salen otros como el Laberinto, que quiere decir que quien lo porta está muy triste; la Puerca Paría, que es una muestra de prosperidad agrícola y periodo de fertilidad de la mujer;  la Malla, que en tiempos de esclavitud indicaba que una fuga estaba planeada y que se llevaría a cabo en bloque de a cuatro esclavos; o los Corazones, que querían decir que la mujer estaba a la espera de su compañero y que respetaba la ausencia de su ser amado.

“La investigación se hace escuchando a las mayores, a las abuelas y un poco en el colegio. Yo estoy en el proceso de hacer recopilación de información para hacer un aporte a la historia de los peinados.” Cuenta Yadelsy orgullosa. Los aportes que ella haga dependerán de la acogida que tengan dentro de la comunidad de mujeres en el pueblo, porque finalmente, la tradición oral es el medio fundamental por el que se ha transmitido la información de generación en generación.

Así como los peinados, los cantos, la lengua, la medicina alternativa y la danza, entre otros costumbres, hacen parte de los elementos que hicieron que en 2008 el Palenque de San Basilio fuera declarado Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO. Un grupo de palenqueros trabajaron en la documentación, investigación, redacción y presentación del proyecto ante la entidad. Lo paradójico es que no le genere un impacto económico real a los nativos del pueblo.

El día termina con la estridencia de los picós de la plaza, ya las luces del pueblo están prendidas y los puestos de fritos, en fila india, salpican grasa de los buñuelos de maíz con queso, las arepas con huevo y las salchipapas con salsa de tomate que invaden las calles. Una vez anuncian a la ganadora y finalistas del concurso de peinados, todos celebran y a continuación, el grupo de bullerengue de Sabanalarga descresta al público con sus ritmos, es hora de perderse en el baile.

 


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La oficina de Kairen Gutiérrez, coordinadora de la Asociación Juvenil Benkos Ku Suto región Caribe, queda en la plaza Fernández de Madrid del centro de Cartagena. Tiene un área de unos 15 metros cuadrados, no tiene ventanas, la iluminación es blanca y aparte de un pequeño cubículo en la mitad del espacio, hay un par de mesas donde otras personas tienen otras reuniones sobre otros temas. En este lugar operan varias asociaciones y grupos que trabajan temas afro. Hay afiches de conciertos, festivales y actividades académicas cubriendo las paredes del local. Por el calor y la humedad, se siente como si el aire acondicionado no fuera suficiente para las 8 personas que estamos aquí. Sin embargo, Kairen, me cuenta sus argumentos con claridad de experta. Ella tiene 26 años, 10 de ellos dedicados a trabajar en el fortalecimiento de su cultura.

Al principio, me recibe desconfiada, me saluda con la mano y esquiva la posibilidad de un beso. Una vez empieza la conversación entiendo su temor, es el temor a la desinformación. “En estos momentos palenque por ser patrimonio oral e inmaterial, se ha convertido en un ratón de laboratorio, todos quieren venir a ver este lugar exótico, una pequeña África en Colombia. Muchas entidades no gubernamentales y gubernamentales han entrado a trabajar el patrimonio del pueblo, pero no generan los frutos que los palenqueros quisieran”, cuenta.

“La lógica del Gobernador generó cambios en la comunidad.  Por ejemplo, hay algo muy tradicional que es ir a lavar la ropa en el arroyo. Con esa práctica, todas las mujeres se encuentran para ir a coger agua en la cacimba y ahí se tejen historias, se ayuda a la oralidad, se enseñan los cantos. Ahora que hay acueducto, las mujeres no van al arroyo. En dos o tres años va a haber niñas que no lo conocerán. A estas cosas se les puede llamar desarrollo, pero se pierde parte de la tradición de Palenque”. Los estudios vocacionales de la comunidad giran en torno a la agricultura y ganadería. Sin embargo, ninguno de los puntos o metas del proyecto mencionan estas áreas.

Los cuestionamientos de Kairen apuntan a resolver la encrucijada que tiene la Gobernación entre lo que ellos entienden por progreso y la adecuación de ese progreso a  la conservación de las tradiciones que llevaron al pueblo a convertirse en un tesoro tanto en términos históricos y culturales, como en términos económicos, puesto que, desde la declaración de Patrimonio por parte de la UNESCO, el turismo de la zona se ha incrementado sustancialmente. Si esta disyuntiva no se resuelve a favor de los principios que Kairen representa, las condiciones de vida de Palenque mejorarán en términos generales y los índices de miseria disminuirán, pero el pueblo quedará convertido en lo mismo que cualquier otro pueblo con población negra de la región, como todos aquellos en los que Gossain quiere replicar su modelo de Palenque 2015 una vez demuestre su efectividad el próximo año.

 

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Hubo una época en la que los palenqueros contaban los años, las horas y los minutos que las mujeres duraban haciendo peinados, esos caminos que los llevaron a ser el primer pueblo libre de América. Condición que conquistaron en 1713, sesenta y cuatro años antes que en Haití y un siglo antes que el resto del continente. Una libertad condicionada a los límites del pueblo, porque si eran encontrados fuera, en tierra de blancos, eran regresados a su estado de esclavitud sin ningún tipo de reparo. Un especie de oasis de libertad en su forma más romántica. Un “nadie pasa por un infierno peor a aquel del que huye” del siglo XVIII, que se perpetuó por su necesidad de confirmación como entidad y como seres humanos. Son africanos sacados de su contexto, entonces crearon su contexto, el de hace 300 años, en el exilio.

La lucha consiste en hacer sobrevivir todo aquello que los acredita como una entidad única, un espacio independiente, un algo dentro del algo que no depende de lo que lo rodea. Identidad, definida como la construcción del sentido atendiendo un conjunto de atributos culturales, al mejor estilo del sociólogo español, Manuel Castells. Una identidad que en un momento fue legitimadora y en este momento es de resistencia a los planes y lógicas del gobierno de turno.

El reto al que se enfrenta la Gobernación de Bolívar no es fácil. Tener los recursos para echar concreto encima del barrial es relativamente sencillo en esta época de vacas gordas impulsada por el florecimiento del turismo y la disminución de la violencia en el sur del departamento, pero encontrar la estrategia para no dejar que el tesoro se les escape de las manos es lo verdaderamente complejo.

Mientras tanto, las descendientes de aquellos primeros 38 se siguen peinando, las que durante la adolescencia se avergonzaban de la rebeldía de su pelo y se alisaban, ahora se trenzan y lucen sus coloridos peinados como una forma de reafirmar su origen y hacer resistencia. El desarrollo encontrará formas de transformar las tradiciones y los nativos de inmortalizar el lenguaje dentro de esas transformaciones. Habrá que ver dentro de ese mapa cómo se dibuja en Colombia esta África 300 años después.

 

 

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Fotos de Cristina de la Concha

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