Paranoia y etnocidio

Me habían dicho que pertenecía a la disidencia del Epl que en 1994 irrumpió en el Baudó, pero parece que era eleno. Supuse que me abrumaría con las propuestas de su organización guerrillera para el Chocó. Al fin y al cabo esa había sido mi experiencia con los del M-19 en Santo Domingo, cuando tenía lugar el proceso de paz de 1989. Sin embargo, Palacios guardó un silencio que me pareció tan enigmático como el crucifijo de madera que tenía amarrado al cuello y que ya estaba todo mugroso de tanto sobarlo. A los seis meses lo ejecutaron por haber asesinado a la madre y a la hermana de un guerrillero de mayor rango. Sin embargo, como al poco tiempo lo vieron por las selvas de Nauca y Chachajo, fue evidente que algún zángano lo habría inmunizado contra las balas. Tan sólo al año salieron de él neutralizando la brujería: le dispararon en los testículos y lo sepultaron en una fosa de cemento armado.

En 2012, Mónica Juliana Chavarro ya era parte del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional. Llegó a Chachajo para ver cómo sobrevivían los sistemas ancestrales de producción en medio del conflicto. Debido a leyendas como la de Palacios, allá los guerrilleros persiguen y desplazan a médicos raiceros, parteras y cantaoras de alabaos, como a cualquiera de quien sospechen sabe usar las plantas de la selva para curar. “Los del monte” buscan que ninguna de esas personas sabias llegue a dotar a los paras enemigos de dones como la invisibilidad o el blindaje corporal contra los disparos.

Según testimonios que Chavarro recogió, las prohibiciones de los elenos incluyen cultivar las plantas medicinales que las mujeres siembran en sus zoteas y patios. Tanto las canoas que suben en zancos y rellenan con tierra de hormiguero, como las pequeñas áreas que mantienen alrededor de la cocina, tan sólo deben tener matas para comer o aliñar sancochos. Nada de las semillas de coco que ponían a germinar, para luego sembrarlas con la placenta del recién nacido y de esa manera ombligarlo. Como para los alzados en armas las ombligadas también son brujería, quedaron proscritas. Según Chavarro, con todo y el panorama de etnocidio, las mujeres resisten, ingeniándoselas ya sea para disimular sus matas de sábila o llantén por debajo de las cebollas que siembran o para mostrarle a un acusador que se ha equivocado en la forma y el nombre de lo que para él es una yerba mágica.

Las prohibiciones que documenta Chavarro hacen parte de una estrategia militar que va más allá de la paranoia por la brujería. Aspirando al monopolio territorial, minan el porvenir de esos pueblos sacando del panorama social a las personas sabias. Ellas no sólo conocen de botánica y curación de enfermedades, sino que actúan como mediadoras para que los conflictos no se resuelvan a machetazos. Además, mantienen la ritualidad de velorios, novenas y fiestas patronales como espacios para la convivencia y la catarsis. Si allá a las orillas del Baudó los guerrilleros son conscientes del valor y función aglutinante de estos conocimientos y prácticas ancestrales, a los que están en La Habana les tiene que pasar lo mismo. Por esa razón vuelvo a plantear dos interrogantes: uno el del protagonismo que esas heterodoxias deberían tener en las mesas de diálogo, y dos la responsabilidad de los negociadores por suprimir el riesgo de aniquilamiento que enfrentan comunidades negras como la de Chachajo 

FUENTE: Era enero de 1995 cuando conocí a Palacios en Pie de Pató.

EL ESPECTADOR

POR: Jaime Arocha

 

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